El mar de la playa que habitas

Si el mar guardase al ocaso,
sería ámbar y dulce
como la miel. Podrías, entonces,
cubrirte a la sombra del fuego,
rozar la llama, lamer la piel salina
de la luna. Variar el nivel del mar,
desplazar las dorsales oceánicas y
plegar su fosa un poco más. Si al chocar,
una de sus olas, con la corteza continental,
penetrase un poco más o la playa que habitas,
la empujarías con el dedo. Y no tendría más
remedio que dar marcha atrás.