Graciela Gacela Thomson

Con la ola de calor que se acerca por el sur, sería impensable hablar de lo ocurrido el diez de febrero del dos mil trece en el Valle del Biois en Benullo. Toda la zona sur de Europa se enteró de lo que era el frío gracias a la temperatura que se alcanzó aquella noche: más de cuarenta y nueve grados bajo cero. Cualquiera lo olvida. Hay tormentas aisladas y parece que nadie se acerca para desatar el temporal. Lo que sí se sigue contando en las calles es la historia de Graciela Gacela Thomson, la que encontraron a los pies del Lago Misurina.

Aquella noche Kaifás Kuvasz paseaba haciendo su ruta de guardia habitual. La encontró desnutrida —y malherida— al borde de la orilla de la lagunilla. No tuvo más remedio que llamar a Kunekune, su primer oficial, para poder transportarla hasta la caseta de vigilancia más cercana. La comisaría quedaba demasiado lejos para acarrearla.

Mientras tanto la Señora Wyandotte ponía su hervidor metálico bajo el agua, evitando mojarse su esponjoso —y recién perfumado— plumaje. Colocaba con excelso cuidado aquella herencia metálica fundida de Utah sobre el fogón y activaba el gas. Se asomó una vez más a la ventana para comprobar que Kaifás y Kunekune no habían terminado. Finalmente, vertió ceremonialmente el agua sobre las tazas. El aroma a té fresco acarició la punta de su nariz.

Salió contoneando las coberteras de su cola, llevando bien erguidas sus timoneras; pataleando a pata coja, con la bandeja en la otra pata, corrió para alcanzarlos. Les ofreció la bebida prometida antes de continuar, les quedaba un largo camino antes de finalizar.

Poco después, encontraron a la Oveja Carnicera que no pudo evitar enamorarse perdidamente de Graciela. Por más que Kaifás y Kunekune le dijesen a aquella Oveja jeta, sólo quería estar cerca de ella. Lo que provocó que Kaifás y Kunekune doblaran la velocidad para llevarla hasta la cabina de seguridad.

Siguieron su camino de lenguas arrastrando, cuando Pingüino de Adelia, el primo de la Señora Wyandotte, de visita en la ciudad, se le pusieron los ojos morados al ver a Graciela dorada con esa rayita negra que le atravesaba el costal.  Kaifás y Kunekune corrieron y corrieron hasta llegar a la cabina azul, cabina azul de seguridad.

Como terminó la historia no me pudieron contar, siempre me quedaba dormido en el sillón cuando la gacela cruzaba la puerta. Me pregunto si Kaifás y Kunekune pudieron aguantar cargando ese peso muerto, tanto rato, desmayado.

 

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