Doce minutos de eternidad

Janet sale de su edificio en Upper West Side y se dirige a café Magnolia Bakery donde no perdona, un solo día, no coger un Machiatto Late antes de ir al trabajo. Como algunas personas que deambulan por la zona, Janet viste como alguien del Upper East Side. Prefiere no vivir en una de las zonas más exclusivas de Manhattan porque necesita relajarse después del trabajo. Siempre ha sido una chica de barrio y aunque su carrera profesional despegara se encuentra incómoda entre ese orden de necesidades preestablecido en la zona rica. Ella no necesita de chóferes, niñeras, tutores, asesores de juego, estilistas, ni consejeros.

En la oficina no sólo ha tenido la oportunidad de crecer, sino de avanzar en sus responsabilidades. No esperaba que, en el momento más inesperado, cuando se había quedado sin trabajo y su vida amorosa estaba de patas arriba, recibir una solicitud de una empresa madrileña con sede en Nueva York. Tras la vuelta de las vacaciones, el ritmo de la ciudad se ha incrementado, motivo por el cual Janet se apresura por la calle, con el vaso humeante de Magnolia Bakery, hacia la acera donde suelen estacionar taxis. El día de hoy, lunes a las 8.30, tendrá que sacar uñas y dientes para coger uno. Llegará tarde al trabajo si no lo consigue y ayer le dieron la notificación de que hoy mismo llegaría la nueva delegada de zona.

Ver a todas las chicas con el bolso Birkin de Hermès, le hacía recordar las veces que había metido sus cosas en él. Recuerda, entonces, a Donna y se molesta por recordarla con más frecuencia de lo normal, en estos meses en la isla neoyorquina donde llevar este bolso es una distinción social. Durante estos seis meses no ha conocido a mucha gente, puesto que el nuevo empleo no le permite tener tiempo libre. Primero, tuvo que hacer unas adaptaciones en los programas de la empresa. Realizar un nuevo análisis, diseño, desarrollo e implantación de soluciones informáticas y programas de gestión de calidad de todos sus clientes. Tiene despacho propio y en ausencia de cualquier mando superior, ella tiene el mayor cargo.

Se pregunta cómo será la nueva jefa mientras entra al taxi. Desde la puerta derecha se pueden ver las letras NYC TAXI 3747 con su numeración. Antes de que se disponga a hablar ve una sombra a la izquierda de su asiento. Alguien con la cabeza hacia atrás, reposando totalmente en el asiento mientras siguen pasando los coches.

—Amsterdam Eve, 86 —después de haber soltado la dirección al conductor la sombra se incorpora y el conductor mira hacia atrás.

—Perdone, señora. El taxi está ocupado, en otro servicio, curiosamente nos dirigimos hacia allí —concluyó el taxista.

—No importa. No me importa compartir taxi. Vamos a la misma dirección. Estoy cansada. Ruego silencio en el trayecto. Nada más —afirmó Donna. Después de haber mirado a Janet condescendientemente, se había reclinado hacia atrás de nuevo. Sin importarle lo que pasara a continuación.

Janet se quedó inmóvil. Suspiró y se irguió para ponerse totalmente recta . No dejaba de mirar por la ventana del taxi y decidió contar los copos de nieves que distinguía fácilmente. No podía creer que la sombra fuese su ex, Donna. Y mucho menos, que ambas se dirigiesen en la misma dirección. Contaba los copos y volvía a desconcentrarse.

—No, no. No puede ser. Tres, cuatro cinco. La nueva delegada de zona, no. No puede ser. Diez, once, doce, trece. No. No puede ser —se repetía negando con la cabeza continuamente.

Aquel maldito bolso tenía la culpa, pensaba. Lo había considerado siempre un amuleto maldito. Sobre todo, desde aquella última noche en aquella cantina mexicana. Ahora era imposible recordar su nombre. La última noche que vio a Donna fue en una cantina, con la mesa llena de cervezas y tras exponer la nueva etapa a la que se enfrentaba Donna con su familia. Aquella mesa llena de botellines vacíos era una metáfora de cómo fue su vida al día siguiente.

Acababa de volver de pasar las vacaciones con su familia. Supuestamente, estaba completa de energía, pero con los rumores que se escuchaban en la empresa, no se imaginaba perderla el primer día en el que conocería a la mayor incógnita de la misma, su jefa. Al menos, se decía que era sólo la delegada de zona. La administrativa a su cargo, Alicia, le había comentado que se rumoreaba que era un puesto falso, que realmente se trataba de la propietaria de la empresa.

La sombra había cambiado de postura, ahora se vislumbraba su perfil hacia el lado derecho. A medida que el taxi avanzaba por las calles de Manhattan el cuerpo del lado estaba cada vez más cerca de ella. Lo que significaba que podía sentir el calor que emitía. Con los once grados bajo cero, el calor de los cuerpos se podía diferenciar fácilmente.

La discusión de aquella noche comenzó con la invitación de Donna a la casa familiar, después continuaron con los planes de Janet en su empresa, a punto del colapso, y con las exposiciones de Donna acerca de ver el talento, el esfuerzo y la energía de Janet en algo que iba a fracasar en breve. Donna era una mujer de negocios. Desde aquella noche, una fría mujer de negocios.

Janet estuvo durante dos meses sin objetivo ni trabajo, sumida en la depresión tras la ruptura de su relación con Donna y sin demasiadas esperanzas. Mary había obligado a Janet a enviar currículums a todas las empresas de tecnología de Madrid, incluidas las que tenían base central en otros países.

La cabeza de Donna cayó, como caen los árboles talados, y su tronco se apoyó sobre Janet. Al principio, Janet dio un pequeño respingo del asiento, tras tranquilizarse se concentró en los copos de nieve tras la ventana. Jamás afirmaría que también escuchaba los ritmos de respiración de Donna. Estaba profundamente dormida. Por ahora, evitaría hacer ruidos ni moverse. La situación era sumamente agradable y familiar, aunque a la vez, paradójicamente incómoda.

Su carrera en esta empresa no podía peligrar por nada. Fuese Donna propietaria o la nueva delegada de zona. No podía peligrar. Estos seis meses habían sido maravillosos en el crecimiento de autoestima y como profesional. Aún recordaba su última conversación

—Así no vamos a ningún lado— le había dicho Donna —esta relación no tiene sentido si tú miras hacia otra dirección y no entiendes que lo que te digo es por tu propio bien.

—Si esa es tu conclusión, esto se acaba aquí, Donna. Ahora mismo, por mucho que te posiciones y me expliques tu perspectiva, lo veo tal y como te dije que lo siento. No voy a abandonar la empresa que me ha hecho ser quien soy hoy día. —Concluyó Janet.

—Perdona —Janet asió del brazo a Donna mientras la balanceaba levemente. —Perdona, Donna. Ya hemos llegado.

—Son 12’50 dólares, señoras. —Sentenció el taxista mientras Donna volvía en sí y miraba cómo Janet sacaba un billete del bolso extendiéndoselo al conductor.

—Aquí tiene. Quédese con el cambio. —finalizó Janet mientras habría la puerta de su lateral y se salía del taxi.

—Espera, Janet. — gritó Donna. Tengo que comentarte algo antes de entrar. Con esas palabras fue como Donna anunciaba que no sólo se dirigían a la misma dirección sino a la misma empresa. Las sospechas de Janet eran correctas.

– Salir hacia adelante. como cuando dio esquinazo a aquella mesa en la esquina de la cantina mexicana, siguió hacia adelante y no se detuvo hasta que una mano la agarró por el brazo.

—No te vayas ahora, Janet. Tenemos que aclarar alguna cosa. Vamos a trabajar juntas y espero que sea por mucho tiempo. — Afirmó Donna mientras los copos seguían cayendo sobre su melena azabache.

—Han sido los doce minutos más lentos en mi vida. Doce minutos de eternidad en los que pude hacer mis propias conclusiones, Donna. No te preocupes. Por mí está todo bien. Sólo vamos a trabajar juntas. Y ojalá que sea por mucho tiempo.

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