Un atraco frustrado

Nada de lo que escuchase, en ese momento, iba a servir. Estaba frente a un matón. Pistola en mano amenazaba sus movimientos. Decidió levantar los brazos y resignarse a seguir las órdenes que aquel encapuchado le indicase. Detrás del mostrador sólo estaba ella. Recordó todas esas películas y series policiacas donde el botón de seguridad se podía encontrar bajo esa vitrina principal. Este momento sería una toma falsa del día. Miró, de nuevo, a ese atracador improvisado y le sonrió. Jugarse la vida por unos 100 euros que tenía en la caja no le compensaba. El ladrón señaló una foto que se situaba en un lado del pilar de ladrillo visto. Ella miró la foto, escuchó un ruido fuerte y todo se volvió oscuro.

La vida de Sergio Tena no había sido fácil. De procedencia gitana había crecido en un barrio del que cualquier habría querido escapar. Desde muy pronto, él estaba en contra de muchas tradiciones y rutinas que le rodeaban. Con siete años fue por primera vez a la escuela, donde una mujer de un metro sesenta escasos, lo puso delante de una hoja en blanco para dibujar. Fue el momento más especial que recordaba de su infancia, el más feliz. Aquella mujer de pelo canoso, su nueva maestra, le sonrió abiertamente. Ese era otro recuerdo que lo hacía volver a aquella choza donde goteaba cada vez que llovía, donde salían en orden para ir a casa y donde si tenía hambre, regresaría con la barriga llena. El nombre de María, estuvo santificado desde entonces. Y desde aquellos días, él no había soltado el lápiz para dibujar.

Lloró al volver a casa, después de intentar asaltar aquel establecimiento que su primo le había dicho que debía atracar. Su familia seguía buscándose la vida como siempre lo había hecho, pero él no. Aquella foto en el pilar del establecimiento se lo recordó. Aquella foto donde María, su primera maestra, sonreía felizmente. Su madre estaba en las últimas. Enganchada a la cocaína hacía cualquier cosa por un chute. Sergio, en cambio, se ganaba la vida dibujando, para pequeñas marcas hacía logos y algo de publicidad. Aquella tarde, su primo había llegado amenazándolo. Reprochándole que era familia y que por ella se hacía todo. Si no lo perseguirían allá donde fuesen. Él no se avergonzaba de decir de dónde provenía, pero no quería llevar aquella vida que tanto desprecio despertó en él desde muy pequeño. Con María nunca había sufrido de tener un trato diferente frente a cualquier otro niño. María le había dado la oportunidad de equivocarse y aprender. Con María había tenido la posibilidad de ver la vida a través de otros ojos, de imaginar otras vidas y otras posibilidades para él. Con María el conflicto nunca era protagonista. Cuando apuntó a aquella chica tras el mostrador, había fallado a María y aquella sonrisa mágica le había venido a la memoria al verla mirar, encandilada, a una niña, en aquella foto. Sólo pudo asestarle un golpe a aquella pobre chica y salir de allí. Le quitó las llaves y cerró el establecimiento al marcharse.

Cuando Magdalena se despertó, estaba tirada en el suelo. Miró en la caja registradora, en el mostrador, en las estanterías llenas de productos ecológicos y no faltaba nada. Incrédula, se acercó a la puerta. Nadie parecía haber sido testigo de aquel intento de robo, porque finalmente, se había quedado en un gran dolor de cabeza. Seguía recordando aquellos ojos verdes bajo aquella capucha mal improvisada. Cuando lo recordó miró el cuadro de su abuela, le seguía sonriendo como siempre y eso le consolaba. Decidió volver a casa sin hacerse preguntas de aquella tarde tan extraña. La puerta estaba cerrada con llave. Se sintió aliviada al tocar las llaves de repuesto en su bolsillo de atrás. Siempre andaba olvidando las llaves allá por donde caminase. Salió de la tienda. Cuando llegó a su pequeño piso, Nico le esperaba. Su perro le daría el cariño y el calor que necesitaba. El perro no sólo es el mejor amigo, sino también la mejor compañía en caso de necesidad. Mañana sería otro día—pensó antes de cerrar los ojos, mientras abrazaba a Nico.

Para María trabajar en aquel barrio le traía más alegrías que problemas. Aquel día, un niño de siete años se sentó en su pupitre. No había dejado de fruncir el ceño desde que entró a aquella aula, si es que se podía llamar así. Cuando María le dio un lápiz nuevo, papel y le sonrió, aquel ceño fruncido había desaparecido. La chispa de los ojos de aquel chico había comenzado a brillar intensamente desde el mismo momento en el que los cogió y siguiendo sus instrucciones, había comenzado a dibujar un parque. María se encargaba de comprobar que ningún niño o niña faltase a clase. Se aseguraba de llevar algunos bocadillos cada día, de apuntar los cumpleaños y de enseñar lo poco que le permitiesen los días, con mucho amor. Cuando llegaba a casa estaba agotada en todos los aspectos, pero pensar en el brillo de los ojos de quienes asistían a aquella clase, le recargaba la energía. Cada mañana, asistía a un espectáculo nuevo en cada uno. No se necesitaba tanto para mostrar esperanza, abrir nuevas posibilidades para todos y cada uno de aquellos niños. Y cuando era muy difícil no le importaba dibujarlas, crearlas ellas. Plantar sueños es tirar semillas constantemente sin saber si alguno florecerá. Sin pensar en el tiempo para ello.

Cuando en casa le preguntaban si tenía dificultades, siempre contaba alguna anécdota del día. A su nieta, que odiaba dibujar, le contaba una y mil veces cómo a Sergio, uno de sus alumnos, le brillaban los ojos mientras lo hacía. Mientras seguía las indicaciones para dibujar un parque, una casa, un perro, un zoológico, un desierto y todos aquellos lugares que se pueden visitar para conocerlos mejor. Su nieta era tozuda con algunas de las decisiones que tomaba, pero después de esta historia siempre dibujaba tímidamente algún trazo y terminaba la tarea.

Sergio se levantó a la mañana siguiente con poco que hacer y mucho que decidir. Tenía las llaves de la tienda de aquella chica. Quería buscar una forma para dejárselas, pero la desconfianza le había enseñado a que, si quería hacer algo por él mismo, debía hacerlo sin dilación. Se dirigió a aquella tienda de productos ecológicos cargado de culpabilidad.

Cuando Magdalena vio aparecer a aquel chico de pelo rizado y mirada penetrante, no pudo evitar que le viniese a la mente aquel atracador frustrado de la tarde anterior. Cogió el teléfono y le señaló.

Sergio comenzó a caminar hacia el mostrador y extendió la mano. Había sacado las llaves de su chaqueta y antes de ponerlas en la vitrina, se las enseñó a la chica.

—Me llamo Sergio Tena, perdona que ayer entrase aquí por la fuerza e intentara algo de lo que me hubiese arrepentido toda mi vida. —Señaló la foto en el pilar y continuó —En aquella foto de allí está María, mi primera maestra, ver su imagen ahí fue la advertencia de mi error. Soy dibujante, diseño logos y me gano la vida como puedo, pero siempre humildemente. Ayer me limité a seguir instrucciones de mi familia, y me he negado a ello toda mi vida. Perdón—Se disculpó. Sé que no significará nada para ti, pero aquella mujer dio vida a mis ilusiones, sembré sueños con ella, que se dedicó a cultivar durante muchos años. No me lo perdonaría—sentenció bajando la cabeza.

María miró al cuadro donde la sonrisa de su abuela era la protagonista y lo señaló.

—Aquella mujer de allí, esa mujer que dices, María, era mi abuela. No me perdonaría que actuase histéricamente, en este momento—dijo mientras guardaba el teléfono en su bolsillo. Lo de ayer, no lo voy a olvidar, pero lo puedes arreglar viniendo a ayudarme de vez en cuando y pensando en un nuevo logo para mí.

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