El reptil del Albaicín 

 

Bajó los dos escalones de la casa. Dos caracoles curvados de forja sostenían un tejadillo marrón que ahora cubría su cabeza. Sebastián miró hacia arriba para asegurarse de que no necesitaría paraguas antes de dar un paso más. Poco después, puso su pie izquierdo en el extraño rebate amurallado que protegía la puerta principal de su hogar y silbando se impulsó hacia arriba pegando el salto para superar su obstáculo.
—¡Sebastián! —un hombre de barba canosa y calvo salió con una navaja de afeitar en la mano que tenía levantada para llamar la atención de su vecino—¡Sebastián! — insistió de nuevo.
—Marcos, ¿qué tal? Buenas—contestó sonriente y un brillo plateado relució desde el centro de su boca —Te comenté que necesitaba un corte de pelo pero aún es pronto, nos vemos mejor la semana que viene, ¿te parece? —concluyó tocándose los rizos que se rebelaban, hacia arriba, a los bordes de su cabeza.
—Ya sabes que tienes esta puerta abierta para ti cuando te parezca, sólo tienes que llamar al timbre, o llamarme al teléfono, o mandarme un mensaje…lo que quieras—y sonrió.
Sebastián Soria se alejó entornando los ojos perdiéndose, al girar a la izquierda, por el Callejón de las Campanas.

Plaza Nueva. Una de las esquinas de la Real Chancillería de Granada.

Adrián Gordejuela pateaba uno de los pilares de piedra que bordeaba la Real Chancillería como tenía acostumbrado hacer cada vez que pasaba por allí. Miraba con desprecio hacia la fachada y se desviaba hacia el lado concentrando su mirada en una silueta que se acercaba, un hombre con dos carreteras y una isla de pelo—no más grande que el puñado de una mano—en la cabeza. Adrián seguía a ese señor mientras hablaba sonriente con una mujer y un brillo plateado le dejaba ciego, de improviso, durante varios segundos.

—Usted, sígame. En vez de indicarle, le acompaño. Voy para allá, primero vayamos hacia arriba. ¿Ve? Esa es la Iglesia de Santa Ana. Subiremos por esas escaleras —indicó marcando con su brazo la dirección— hasta ese callejón estrecho. Ponga los cinco sentidos de noche, a la noche, hay que tenerle siempre respeto. Justo ahí —indicó señalando con el dedo mientras iban avanzando. Seguían caminando y sonriendo, una vez más —están los Baños Árabes que estaba buscando.
—Muchísimas gracias, Sebastián. No sé cómo hubiese llegado hasta aquí sin su amable ayuda. Ya sabe que alguien como yo sola, por estas calles no son nada seguras. Cuando una está de viaje—afirmó apuntando su bolso y lo miró activando sus ojos con lo que supuestamente tendría dentro —nunca se sabe lo que puede pasar. —Él se limitó a asentir, se dio media vuelta y se despidió con un guiño.

Adrián no se había perdido ni un detalle de la escena. Había visto como el tic había vuelto.
Había visto el tic, en demasiadas ocasiones como para que, pasara desapercibido para él. Tres guiños del ojo izquierdo cuando su boca se balaceaba hacia atrás una vez. Una vez por cada tres.
Sabía que no podía alejarse, pero la mujer ya se había girado tres veces y todas lo había mirado con cara rara. Él comprobó su ropa desde abajo, pensó que los jirones en tus pantalones le hacían un flaco favor.

—Me esperaré un par de horas —se dijo en voz baja Sebastián a sí mismo —merecerá la pena estar dando vueltas por aquí — sonrío y de nuevo, su boca se fue hacia atrás mientras su ojo guiñaba, descontroladamente, y el brillo plateado relucía maquiavélicamente.

—Estas horas en los Baños Árabes eran justo lo que necesitaba, un poco de relajación y oscuridad, aunque te deja algo atontada, ¿verdad? —María, la turista entrada en años que Sebastián había acompañado a los Baños le comentaba a Cristina, su nueva compañera de batallas turísticas en la ciudad granadina.
—La verdad, es que he necesitado esto toda mi vida. ¿Quién nos iba a decir a nosotras que íbamos a estar en una sala a oscuras llena de chorritos y chorras a nuestra edad? — rompieron a reír las dos cuando una sombra les adelantaba por la izquierda pegando un tirón del brazo de María, llevándose el bolso. La sombra se alejaba como serpiente arrastrándose por las callejuelas y ya entrada la noche, la Cuesta del Darro, no dejaba rastro del bolso ni de la sombra entre las callejuelas del enrevesado entramado granadino. Adrián aún estaba esperando con un tercio de cerveza sobre la mesa en la terraza de la cafetería Fontana al final de una de ellas cuando asestó un golpe en la mesa dejando un par de monedas en la mesa y levantándose repentinamente.
—¡Deténgalo! ¡Detengan a ese hombre! Se ha llevado mi bolso —gritaba entrecortadamente María. Intentaba seguir el ritmo, pero habiendo llegado a ese lugar mucho más transitado, toda la excitación de atrapar al ladrón se había disipado y las fuerzas en sus piernas flaqueaban.

Adrián corrió tras la sombra ágilmente se perdía entre las calles. Tropezó y cayó al suelo. Enseguida María fue en su ayuda.
—¿Estás bien? —preguntó María. Cuando fijó los ojos en el joven que tenía frente a sí, María puso cara de espanto y se levantó. El rostro era el del chico sospechoso que había visto aquella misma tarde.
—Sí, estoy bien. Sólo me rasguñé un poco las rodillas—dijo Adrián tocándose las piernas y sacudiéndose los pantalones— Siento no haberlo podido atrapar. Parece que se conoce la zona porque pudo escabullirse magistralmente.
—Iré a la policía y…—rompió a llorar, no pudo aguantar más la presión. En ese bolso llevaba toda la documentación, además de una gran suma de dinero, la que se había dedicado a ahorrar durante varios meses para estos días de vacaciones y aceptando que el período de trámites comenzaba ahora.
—No se preocupe demasiado —Adrián cambió la voz suavizando el tono — seguro que recuperará toda la documentación. En cuanto al dinero, me temo que no podrá hacer mucho por recuperarlo. Si quiere, la acompaño, es muy tarde y las calles, a esta hora, no son seguras.
María parecía estar viviendo la misma escena de esta mañana. La misma zona, una necesidad, con un desconocido al lado. Adrián pudo ver la duda dibujada en la cara de María, la había visto todas, y cada una de las, veces que el padre que jamás se hizo cargo de él, Sebastián, conocido en su barrio como el Reptil del Albaicín, timaba a algún desconocido y era demasiado tarde para poder remediarlo.

 

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FlemingLAB Taller de Escritura &Audiovisual /III CURSO DE ESCRITURA CREATIVA / J CRIVELLO.

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