Una nueva tradición

María miraba por la ventana de la cocina, con su taza de café caliente entre las manos. Seguía pensando con qué receta podría sorprender en el desayuno de Navidad en la casa de campo de Angelica y Rafael.

Este año no podría viajar en Navidad de vuelta a Córdoba, con su familia, porque en su trabajo apenas descansaría esos días. Para las grandes áreas comerciales, como era Cabot Circus, serían días de celebración desde el encendido de luces hasta con el Mercado Navideño. Conoció a ambos en aquella pequeña tiendecita en la que le ofrecieron trabajo. Se creía enormemente afortunada por tener dos jefes como ellos. Además, por más raro que pudiera parecerle, en el momento de conocerlos comprobó cómo de pequeño es el mundo, eso de que el mundo era un pañuelo era realmente cierto. Rafael era de Córdoba, ¿quién se lo iba a decir? Al decidir viajar para encontrar trabajo, mientras practicaba su inglés, sabía que coincidiría con más españoles, pero que uno de sus jefes fuese cordobés era increíble.

Después de llevar allí unos años los consideraba su familia en el extranjero. El sentimiento era mutuo, porque Angélica y Rafael la habían invitado a Lacock en el condado de Wessex a casi una hora de Bristol. Llegaron la noche pasada y había levantado muy temprano. Ya había preparado ingredientes, puesto les había prometido hacer algo especial.

En aquella casita rural de la campiña inglesa había comenzado el día muy temprano. Fue la primera en despertar así que preparó la cafetera y se deleitó unos minutos en aquellas vistas en las que el tiempo parecía detenerse.

Poco después, se puso manos a la obra cogió el paquete de harina y colocando el dedo en la mitad de él, vertió en una ensaladera la harina. Y después la levadura. Se dirigió al mueble más cercano al frigorífico y se agachó para coger una cacerola. La puso debajo del grifo y la llenó hasta la mitad. Llenó una cucharadita de sal y la vertió. En ese momento, entraba Angélica por la puerta desperezándose.

—Buenos días, María. ¿Cómo has dormido? Rafael aún está como un tronco — dijo Angélica de forma burlona.

—Sí, Angélica he dormido de maravilla. Buenos días. No extrañé el colchón—sentenciaba María mientras pulsaba los botones de la vitrocerámica para calentar el agua. Angélica la miraba con curiosidad.

—¿Quieres que te ayude en algo? — ofreció Angélica.

—No te preocupes, Angélica. Sírvete un poco de café y acompáñame mientras termino de hacer la masa. Estoy haciendo sopaipas. Haré suficientes para el desayuno y la merienda.

—Genial. Rafael siempre habla de ellas. Además, vendrá mi amiga Lucía. Si no me equivoco estará aquí en un rato—decía mientras volcaba la cafetera en el filo de su taza.

—¿Lucía? — preguntó María mientras apartaba la cacerola con agua del fuego y la colocaba sobre un soporte metálico.

—Lucía es mi prima. Bueno, como si lo fuese. Nos conocemos desde pequeñas. Ella también vive en Bristol, estoy segura de que algún día la has visto pasar por la tienda —afirmaba tras dar el primer sorbo al café.

—Sinceramente, no lo recuerdo. Pasa tantísima gente por allí. Cualquiera se creería las ventas que hacemos desde nuestra pequeña tienda ecológica —decía distraída. Seguía concentrada en la tarea de pasar sus manos una y otra vez por la harina, mezclándola y poniendo la levadura correctamente. Hizo un pequeño agujero en medio del recipiente.

—Parece divertido lo que haces, mira ¡un volcán! —Angélica sonreía ilusionada mientras veía a María verter el agua tibia en el centro.

—Desde que era pequeña lo recuerdo como un juego, pero ahora se ha convertido en un ritual. Intento seguir los pasos religiosamente. ¿Las has probado alguna vez? —preguntaba a Angélica con las manos llenas de restos de harina y agua.

—Varias veces. Ya te digo que Rafael siempre habla de ellas. Cada vez que bajamos a Córdoba pone su casa en revolución y organiza una merendola familiar de sopaipas —terminó de decir cuando sonó el timbre de la puerta. —Será Lucía. Por cierto, creo que te gustará.

María siguió centrada en su tarea y obvió ese último comentario que no había entendido del todo. Lo que intuía no le gustaba demasiado, pero venía de Angélica o Rafael estaba segura de que no le causaría mal alguno. Cuando la masa estaba algo más concentrada, espolvoreó una de las superficies de la cocina con harina y colocó el bloque de masa encima. Continuaba amasando aquel gran trozo de masa al ver a Angélica con una chica morena y de pelo corto, entrar por la puerta.

—María, esta es Lucía. Lucía ella es María. —Angélica hizo las debidas presentaciones con una gran sonrisa al ver la cara que se le había quedado a María.

—Encantada, María. Creo recordarte de mi última visita por la tienda, aunque iba tan de pasada que no me extrañaría que no me recordaras—sentenció con sencillez Lucía.

—Encantada de volverte a ver, Lucía. Te recuerdo, vagamente pero sí. ¿Eras aquella arquitecta que nos encargó aceitunas de mesa para aquella celebración en tu oficina, verdad? — levantó la vista de la masa para preguntar a Lucía. Volvió a bajar la mirada a aquel montón que amasaba cuando notó el rubor subir por sus mejillas y extenderse.

—Sí, ese fue mi pedido. Mi madre llama obsesiva a mi relación con las aceitunas, que por otra parte es la única que tengo—terminó balbuceando la frase. Miraba con la misma curiosidad que Angélica, aunque sus ojos se entretenían en cómo María amasaba aquel pegote de harina con lo que fuese más—¿Qué haces? No he visto amasar con tantas… ganas, en muchísimo tiempo.

—Sopaipas—contestó Angélica—es una receta que es muy conocida en Andalucía, aunque siempre lo escuché en Córdoba. María también es de allí, como Rafael —concluyó.

—Es una receta cordobesa, por lo que tengo entendido de mis abuelos—contestó Lucía orgullosa— no las pruebo desde que iba a casa de abuelos y mi Nana se levantaba temprano para hacérmelas como desayuno. Me encantará probar las tuyas después de tantos años.

—¡Qué presión! Tengo que hacer suficientes para que las devore Rafael y nos deje probar algunas. Nos podemos quedar en el salón. La masa está lista para reposar—concluyó María mientras colocaba la masa en una fuente.

Angélica sirvió café para Lucía y rellenó la taza de María. Cogió las tres y se apresuró hacia el salón—os dejo esto en el salón y subo a despertar a Rafael.

Durante unas horas estuvieron, los cuatro, charlando tranquilamente frente a la chimenea. Era una Navidad diferente, en medio de la campiña, una preciosa casa rural estaba aromatizada por los preparativos navideños de cuatro españoles en tierras inglesas. Durante la conversación salieron todo tipo de temas, pero quedó claro que tanto María como Lucía tenían interés mutuo. Cuando María se levantó para dirigirse a la cocina, Lucía se levantó con ella y se apresuró a decir— Te ayudo, María, como lo hacía con mi abuela me encargo de freírlas mientras estás con el rodillo estirándolas y cortándolas— concluyó.

—Me parece maravilloso, así me haces compañía en la cocina y dejamos a Rafael y Angélica que nos deleiten con su receta especial de chocolate caliente—afirmó guiñando un ojo a Angélica y Rafael— tendremos una sopaipada dulce en Navidad. Acaba de nacer una nueva tradición.

—Será la primera tradición de las muchas que inventaremos, créeme.

 

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