Oficina de Asuntos Terrenales

Natalia entró en aquella sala donde sus pasos parecían más grandes y fuertes. Era la mañana de un lunes en el que estaba dispuesta a gritar sus sueños a quienes se cruzaran por delante.

A lo largo de los años, siempre había seguido los pasos de los demás. Siempre detrás, ese era su sitio. Hoy los suyos cobraban más importancia que nunca. Aún recordaba su nombre. Nadie se quejó cuando quiso llamar la atención en aquella mesa limpia de montañas de papeles. Nadie consideró las horas extras en aquella mesa con vistas a una ventana de cara al hormigón del siguiente edificio.

No había nadie en esa inmensidad de escritorios alineados, en esa visión de tres montañas por mesa, en esa guerra en la que ya no estaba dispuesta a participar para nada.

Recordó cómo la semana anterior, cuando acabó la última carpeta llena de documentación, dos de sus compañeros se acercaron a ella y le dieron un buen montón de detalles por revisar.

Antes de llegar a la puerta se detuvo frente a la máquina de café. Esperó a que el chorro de café se terminase para retirar su vaso y completar, casi hasta el borde, con agua fría aquel vaso que renegreaba a lo lejos. Tras dar el primer sorbo, retomó la dirección —y la intención— de sus pasos.

Cuando llegó, golpeó tres veces aquella puerta negra, tras escuchar el permiso pertinente para entrar, empujó la manecilla. La habitación estaba vacía. Mientras tanto, se sentó en una de las sillas frente al escritorio de nogal. Consiguió hacer un buen repaso a todo su alrededor: los muebles, los espejos, alguna carpeta con marcas fluorescentes, una estantería llena de libros y cuatro faroles que rodeaban la habitación se encargaban de esa iluminación un tanto extraña. Dos minutos después, su jefe apareció de la nada. Un señor bajito y entrado en carnes y años. Su apariencia inocente no ayudaba a propiciar ningún tipo de enfrentamiento. Pero ella ya lo había decidido. Tras un suspiro para retomar fuerza y aliento, comenzó a hablar.

—Buenos días, Señor Fabián. Primero, debo disculparme por tener el atrevimiento para venir hasta aquí para hablar con usted. Lo he ido acumulando en estos años. No me extrañaría que cualquiera de mis compañeros, se acerque a usted en cualquier momento. —Afirmó con total rotundidad y un gesto indiferente— Estoy cansada. Estoy cansada de resolver casos en los que depende la vida de una persona. No me diga cómo lo deduje, pero uno después de llevar aquí un tiempo, se da cuenta sin mucho esfuerzo mental. —para continuar. Aunque en cada una de las solicitudes haya números en los casos y en las casillas solicitantes. Lo sé. Cada vez que completo uno, se me alivia el peso de las alas. Mis compañeros tienden a dejar las montañas crecer y crecer, pero no lo puedo permitir. Cuando leen sobre finanzas insuficientes, estamos tratando con gente que no puede mantenerse para vivir. Algunos aún no se han dado cuenta, pero yo recuerdo algunas cosas, y al leer los casos lo atribuyo a una situación que yo misma he podido vivir.

—Parece, Natalia, que te ha costado menos tiempo aquí, de lo que suele emplear cualquiera de los compañeros asignados a la misma tarea. Lo único que puedo decir es que debemos seguir las normas. Todas y cada una de ellas. Además, tras el día de hoy, tu posición cambiará. —Hizo una pequeña pausa para continuar, mientras tocaba el brazalete dorado que llevaba en la pulsera. Te advierto que dependiendo de tu exposición ahora, subirás de rango o te recluiremos a uno inferior.

—No me parece bien. Por muchas advertencias que me haga usted. Entiendo que por sus palabras no me ha entendido. Estoy cansada. Cansada de tratar con las vidas y asuntos de ciertos distritos sin verles la cara. Sin conocer a cada uno de esos números. Me niego a decidir su futuro, simplemente, con esos deseos que se lanzan en momentos desesperados. Me niego a tener sobre mis alas la vida de un desconocido. Estoy preparada para abandonar esta oficina e ir a pie de calle, donde la gente llora, sufre, pasa hambre, miseria y otras penurias. Estoy preparada para salir de aquí, aunque no lleve esa pulserita dorada en mi muñeca. Me da igual el rango, la jerarquía para administrar los asuntos humanos. Nosotros aquí, viviendo en la divinidad y ellos sufriendo su humanidad. Necesitamos reforzar algunas cosas, o acelerar los procesos administrativos de esta maldita oficina en la que todo el mundo sonríe, vive a un tiempo diferente y atrasa los casos pendientes. —No pudo continuar porque algo se le atragantó en la garganta cuando sonó un teléfono blanco que había sobre la mesa. Fabián descolgó el auricular y sólo se limitó a asentir. Natalia esperó a que colgase para continuar su exposición. —¿Era Él? ¿Qué le ha dicho? Me da igual las consecuencias que tenga mi visita aquí, pero no estaba dispuesta a seguir aguantando esto tras darme cuenta de lo que ocurría.

—No se acelere, señorita Natalia. Acaban de trasladarme de oficina. ¿Sabe quién quedará en la que ahora ocupo? Usted. —concluyó, finalmente.

—Lo siento, señor Fabián. Mi decisión estaba tomada desde que entré aquí. Ruego que asigne mi puesto a otro ángel. Me voy a las calles. —Natalia lo miraba desafiante mientras hablaba.

—Señorita Natalia, me temo que acabará perdiendo sus alas si continua así.

—Cuando llegue el momento, si es así, me temo que vosotros perderéis un ángel. —Sentenció levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia aquella puerta que la conduciría a la vida real, la de allí abajo.

los años, siempre había seguido los pasos de los demás. Siempre detrás, ese era su sitio. Hoy los suyos cobraban más importancia que nunca. Aún recordaba su nombre. Nadie se quejó cuando quiso llamar la atención en aquella mesa limpia de montañas de papeles. Nadie consideró las horas extras en aquella mesa con vistas a una ventana de cara al hormigón del siguiente edificio.

No había nadie en esa inmensidad de escritorios alineados, en esa visión de tres montañas por mesa, en esa guerra en la que ya no estaba dispuesta a participar para nada.

Recordó cómo la semana anterior, cuando acabó la última carpeta llena de documentación, dos de sus compañeros se acercaron a ella y le dieron un buen montón de detalles por revisar.

Antes de llegar a la puerta se detuvo frente a la máquina de café. Esperó a que el chorro de café se terminase para retirar su vaso y completar, casi hasta el borde, con agua fría aquel vaso que renegreaba a lo lejos. Tras dar el primer sorbo, retomó la dirección —y la intención— de sus pasos.

Cuando llegó, golpeó tres veces aquella puerta negra, tras escuchar el permiso pertinente para entrar, empujó la manecilla. La habitación estaba vacía. Mientras tanto, se sentó en una de las sillas frente al escritorio de nogal. Consiguió hacer un buen repaso a todo su alrededor: los muebles, los espejos, alguna carpeta con marcas fluorescentes, una estantería llena de libros y cuatro faroles que rodeaban la habitación se encargaban de esa iluminación un tanto extraña. Dos minutos después, su jefe apareció de la nada. Un señor bajito y entrado en carnes y años. Su apariencia inocente no ayudaba a propiciar ningún tipo de enfrentamiento. Pero ella ya lo había decidido. Tras un suspiro para retomar fuerza y aliento, comenzó a hablar.

—Buenos días, Señor Fabián. Primero, debo disculparme por tener el atrevimiento para venir hasta aquí para hablar con usted. Lo he ido acumulando en estos años. No me extrañaría que cualquiera de mis compañeros, se acerque a usted en cualquier momento. —Afirmó con total rotundidad y un gesto indiferente— Estoy cansada. Estoy cansada de resolver casos en los que depende la vida de una persona. No me diga cómo lo deduje, pero uno después de llevar aquí un tiempo, se da cuenta sin mucho esfuerzo mental. —para continuar. Aunque en cada una de las solicitudes haya números en los casos y en las casillas solicitantes. Lo sé. Cada vez que completo uno, se me alivia el peso de las alas. Mis compañeros tienden a dejar las montañas crecer y crecer, pero no lo puedo permitir. Cuando leen sobre finanzas insuficientes, estamos tratando con gente que no puede mantenerse para vivir. Algunos aún no se han dado cuenta, pero yo recuerdo algunas cosas, y al leer los casos lo atribuyo a una situación que yo misma he podido vivir.

—Parece, Natalia, que te ha costado menos tiempo aquí, de lo que suele emplear cualquiera de los compañeros asignados a la misma tarea. Lo único que puedo decir es que debemos seguir las normas. Todas y cada una de ellas. Además, tras el día de hoy, tu posición cambiará. —Hizo una pequeña pausa para continuar, mientras tocaba el brazalete dorado que llevaba en la pulsera. Te advierto que dependiendo de tu exposición ahora, subirás de rango o te recluiremos a uno inferior.

—No me parece bien. Por muchas advertencias que me haga usted. Entiendo que por sus palabras no me ha entendido. Estoy cansada. Cansada de tratar con las vidas y asuntos de ciertos distritos sin verles la cara. Sin conocer a cada uno de esos números. Me niego a decidir su futuro, simplemente, con esos deseos que se lanzan en momentos desesperados. Me niego a tener sobre mis alas la vida de un desconocido. Estoy preparada para abandonar esta oficina e ir a pie de calle, donde la gente llora, sufre, pasa hambre, miseria y otras penurias. Estoy preparada para salir de aquí, aunque no lleve esa pulserita dorada en mi muñeca. Me da igual el rango, la jerarquía para administrar los asuntos humanos. Nosotros aquí, viviendo en la divinidad y ellos sufriendo su humanidad. Necesitamos reforzar algunas cosas, o acelerar los procesos administrativos de esta maldita oficina en la que todo el mundo sonríe, vive a un tiempo diferente y atrasa los casos pendientes. —No pudo continuar porque algo se le atragantó en la garganta cuando sonó un teléfono blanco que había sobre la mesa. Fabián descolgó el auricular y sólo se limitó a asentir. Natalia esperó a que colgase para continuar su exposición. —¿Era Él? ¿Qué le ha dicho? Me da igual las consecuencias que tenga mi visita aquí, pero no estaba dispuesta a seguir aguantando esto tras darme cuenta de lo que ocurría.

—No se acelere, señorita Natalia. Acaban de trasladarme de oficina. ¿Sabe quién quedará en la que ahora ocupo? Usted. —concluyó, finalmente.

—Lo siento, señor Fabián. Mi decisión estaba tomada desde que entré aquí. Ruego que asigne mi puesto a otro ángel. Me voy a las calles. —Natalia lo miraba desafiante mientras hablaba.

—Señorita Natalia, me temo que acabará perdiendo sus alas si continua así.

—Cuando llegue el momento, si es así, me temo que vosotros perderéis un ángel. —Sentenció levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia aquella puerta que la conduciría a la vida real, la de allí abajo.

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