Reseña de Cielo de hojalata, por Carmen Nuevo Fernández

LA NUEVA ESPAÑA AVILÉS Y COMARCA MIÉRCOLES 8 DE DICIEMBRE 2021

La Espinera

Cielo de hojalata

La capacidad de personas extraordinarias para revertir la aflicción en belleza.

Carmen Nuevo Fernández

«Cielo de hojalata» es un libro de Gema Albornoz que llegó a mis manos una tarde lluviosa y feliz, al abrir el buzón. La colorista imagen de su portada es un anticipo de lo que serenamente van desprendiendo los versos de sus páginas.

Las manos y el corazón de la madre y de la hija se desvelan de forma alterna con todo el amor, candidez, sosiego y finitud que nos puede llegar a permitir la enfermedad y la vida.

Aquí ya es la hija la que procura cuidados a su madre, la que alarga los hilos del sol para que permanezca el instante protector que las cobije ilusoriamente atemporales. Y es que aunque las ciudades por momentos se perciban lorquianas y alienantes y el cielo se recubra de esas nubes de estaño que vemos a través de los ojos de Gema, y el olvido y el recuerdo a veces sean una misma cosa; el hogar se recubre del meloso aroma de las adelfas, porque la belleza se transforma en dolor y muerte y, de nuevo, en belleza, porque así son las palabras, los versos de Gema, surgiendo con estoicismo de las notas musicales de las campiñas, de los sencillos días de trabajo o de la vocación de las cuidadoras.

Las páginas de este libro atesoran un lago azul sobre el pecho, círculos dorados que restan ganas al llorar, pues el dolor es menos tras la tormenta y también tras el cotidiano y tierno deber de sujetar la cuchara o de ver como aún se sujeta como un gesto sencillo de ir desprendiéndonos, mientras débilmente y, a la vez, nos agarramos, a la luz del día.

Este «Cielo de hojalata» es tan bello que logra que la rotación se vuelve latido, latido de madre que, aunque débil, ordena nuestro mundo y nos acompaña. Nuestra respiración ya nunca más estará sola, rítmica y acompasada, nos mecerá alejando los miedos más oscuros para florecer de llanto de agua en una isla del más allá, eternamente, porque hay flores que se cierran como suspiros, gotas, gemidos o guitarras; pero hay otras, que expiran para resurgir eternas a la vera de Gema y al de aquel o aquella que lea este libro, estos versos, vueltos sobre la pena, claveles o lirios.

Gracias, amiga Gema, por tu libro, utilizando tus propias palabras, campana mecida por ángeles, y gracias por tu capacidad de revertir la aflicción en belleza con esa sencillez del rocío cuando ligeramente acaricia los frágiles pétalos de nuestra existencia.