El pueblo desierto

«Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no
guarecen, yo hablo».
«Fragmentos para dominar el silencio»
Alejandra Pizarnik

No hay un sólo gallo que cante en la mañana. Ningún despertador anuncia el día, porque es, entonces, cuando van a dormir. El carbón del cielo aturde la conciencia en cuestión de segundos. Nada es permanente pese a su fuerte emulsión. El suelo están tan seco que camino por donde está resquebrajándose, para asegurarme de situar el cuerpo en diferentes partes y hacer a mis huellas igual de atractivas. Todos los caminos van al campanario y ninguno al mar. La campana no suena y su cuerda agarra los cuellos de las camisas de los habitantes del pueblo desierto, por el día. Hay quien prefiere emigrar al oeste y extraviar sus palabras en sollozos, en estampidas por otras zonas, salvajes y libres. Hay quien mantiene la esperanza de que sus campos yermos serán fecundos de palabras florecidas, a su debido tiempo; cuando terminen de arar y venga la lluvia.

Gema Albornoz

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