La barba ancestral

Érase un hombre enamorado
de su barba ancestral.
La primera acción del día
—y la última— era un raspado
de dedos, con masaje arterial
en cada pelo enroscado
y con mala circulación vial.
Tras pasar de los tres días
acudía urgente al barbero desflorado
puesto que todos tenían un buen berenjenal
entre la puerta y la baldosería.
Pedía un repaso limpio de afeitado,
teñir las puntas rojas de azul sal
escalar los rizos matizados más rizados
y bautizar sus granos como ovejas al pastar.
Él debía a su barba eterna fidelidad y cuidado.
Ella salud y buena cosecha en su varonil bermejal.

Gema Albornoz

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