Despertó
y el cielo estaba nublado.
Abrió los ojos
y regaló motivos al sol
para salir.
El gris cayó al suelo,
se arrodilló para ser sombra.
Una sombra. Cualquier sombra.
Vigiló a quien se quedó sobre sus ruinas,
reinándolas.
Tomó su corona.
Atraía las lágrimas
a su lomo.
Revolucionaron sus ojos,
el reto,
ante ese bombardeo incesante.
Fue razón, causa y fundamento
para añadir puntos de inicio
e instaurar el azul
donde antes no tuvo cabida
—bajo una manta corporal.
Un azul que tintó el gris,
despegó las lágrimas
y frenó su guerra.
Un azul que llevaba en sus pezuñas,
aunque sus almohadillas fuesen casi negras,
que expandía al mover su cola.
Gema Albornoz

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