Rompiendo su propia marca por Gema Albornoz — Masticadores de Letras

Kathy terminó de rellenar el formulario de inscripción para el Maratón de Boston y lo completó con las iniciales K.Switzer. Aquel mismo día, pagó la tasa de 3 dólares por el costo de la inscripción y tras eso metió los papeles en un sobre, que echaría en el buzón más próximo a su oficina y que tendría como destinatario la organización de la maratón de Boston.

En su barrio mucha gente aún la distinguía por ser aquella chica nacida en Alemania. Durante muchos años se había entrenado en el equipo masculino de Cross Country de la Universidad de Siracusa, aunque no contaba como miembro de ningún grupo ni ninguna categoría, soñaba con correr. El hecho de que no existiese un equipo femenino intercolegial, como ocurría con todos los deportes en el ámbito masculino, sólo le daba más ganas de alcanzar una meta mayor.

Recordaba entonces, las primeras carreras. Aquellas que había comenzado por instinto y sin conocer nada de técnicas posturales. Ella siempre se repetía, que su cuerpo ya sabía correr, no era algo que tenía que aprender de nuevo. Aunque al estar con aquellos grupos masculinos era cómo aprovechar mejor el esfuerzo que realizaba. Si entrenaba con ellos era por el deseo de querer alcanzar una meta mayor: los míticos 42 kilómetros. Entrenó, entrenó realmente duro para ello, hasta mejorar su capacidad aeróbica.

En los primeros años de entrenamiento había aprendido a mejorar la eficacia de su zancada. Corría más rápido aprovechando la fuerza que generaba aplicándola en la dirección correcta en ese momento. Tras eso, logró utilizar menos energía para mantener la velocidad que quería en cada ronda de carreras. Todos esos entrenamientos a deshoras, con todos esos engaños a sus familiares y amigos había aprendido a prevenir lesiones. Sus músculos, tendones, huesos y sus articulaciones, en general, eran mucho más fuertes. Durante los primeros años fue más difícil explicar a todos de dónde provenían esos dolores musculares, sus cojeras y otras dolencias, pero el entrenamiento convirtió su cuerpo débil en un roble.

Se había puesto como fecha límite este año. Si en marzo de 1967 no lograba rellenar los formularios y hacer la maratón lo dejaría.  Unas semanas después de su envío a la organización, le asignaron el dorsal número 261. Cuando confirmó sus datos todo estaba correcto: K. V. Switzer, Harriers de Siracusa. Tener el dorsal le permitiría salir desde la línea de meta y terminar la carrera. No iba sola, lo que de alguna forma le resultaba reconfortante. Lo consideraría uno de sus muchos entrenamientos.

En el club habían hablado de todas las posibilidades. Ella sabía que no habría demasiado lío si ella misma actuaba de forma indiferente, así que en la salida y en los primeros kilómetros no tuvo problema alguno. Como sospechaba en algún momento debería ocurrir. Fue poco después cuando los organizadores notaron la presencia de Kathy entre los corredores. Jock Sempler, uno de los directores de la organización, ofuscado, le gritaba que se fuera de su carrera y que le devolviese esos números del dorsal. Fueron momentos que tendría grabados en su mente por muchos años. Pero por más que intentase detener a Kathy, su novio Tom, y otros corredores del club, la escoltaron. Aquel acoso, por parte del comisario de la carrera, terminó cuando Tom lo derribó, finalmente, al empujarlo hacia un lado del andén. ¿Qué hace alguien corriendo en una carrera cuando no desean que formes parte de ella? Eso pensó en varias ocasiones, en varias ocasiones agachó el rostro, pero siempre recibía alguna muestra por parte de sus compañeros. Ella, por otra parte, sabía que no podía rendirse, eso sería limitarse en este momento y para siempre. En cuatro horas y veinte minutos cruzaba la meta final.

Lo único que podía sentir Kathy, en ese momento, fue agradecimiento. Llevaba toda la carrera pensando que si ella no podía terminar, todos pensarían que jamás una mujer sería capaz de hacerlo, que no se merecerían participar en maratones. No hubiese sido sólo un estigma para ella, sino algo infranqueable para todas las mujeres.

Cuando los motivos que tienes para continuar son más pesados que tus propias piernas se aligera el peso. Así fue como algo dentro de sí, la ayudó a continuar, sabía que la carrera, tras terminar comenzaría de alguna otra forma. Hasta ese momento, las mujeres no habían podido participar en carreras de más de 2’4 kilómetros. Sin embargo, ella habría logrado encontrar la forma para conseguir un dorsal en una de las maratones más importantes. A partir de entonces, Kathy se dedicó a defender los derechos de las mujeres. Así logró que cinco años más tarde las mujeres pudieran inscribirse en la maratón. Más de una treintena de maratones que correría. En 1974 ganó la Maratón de Nueva York. Al año siguiente fue la subcampeona del Maratón de Boston. Años más tarde, su lucha continuaba y conseguía que las Olimpiadas aceptaran la categoría de maratón femenina.

 

Aquella mujer, ahora comentarista deportiva, comenzó la revolución social en las maratones. La he visto en tantas carreras, a través de la televisión que parece de mi familia. Entreno cuando puedo, no tengo mucho dinero, ni tengo la ropa deportiva adecuada. Mucho menos un club, un grupo, como ella, que me defienda.

Corro. Me gusta correr. Aprendí que no logro nada tras el esfuerzo, cuando cruzo la línea de meta, pero noto mi sangre fluir por todo el cuerpo. Entonces, soy consciente de que cada una de las partes de mi cuerpo me pertenecen.

No soy la mejor, pero cada día intento superarme, no seré una de esas mujeres que se pone límite a sí misma. Durante toda la vida se ha evitado que el mundo sucumbiera en el caos y en la anarquía cuando una norma se rompe, me pregunto cuántas normas deben romperse para que todos tengamos las mismas posibilidades. Hasta ese momento, seguiré rompiendo las mías y continuaré corriendo.

Me llamo Mariana, tengo 45 años y acabo de dejar a mis hijos en la cama, tras contarle su historia favorita sobre aquella mujer que por primera vez corrió la Maratón de Boston. Después de cada día abrumador, salgo a correr. Hace unos años mis habilidades deportivas estaban dormidas, ahora, mi próxima meta será romper mi propia marca en la Maratón de Nueva York.

[Leer en Masticadores de Letras]

a través de Rompiendo su propia marca por Gema Albornoz — Masticadores de Letras

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s