Días que son mar — SALTO AL REVERSO

¿Se puede odiar un día que aún no pasó? No hace falta mirarme al espejo para ver mi rostro mientras me hago esta pregunta. Me reflejo en ella.

Estoy sentada, bastante cansada. Mi cuerpo se encoge y tirita de frío. Mi mano pide coger papel y pluma y hace el esfuerzo de poner orden a las ideas de mi cabeza, dicen que funciona. Dicen que verter, en papel, los pensamientos, sirve. Aunque cada vez que yo utilice este método, sea para dejar fluir a las palabras que están en mis pensamientos, para que sean agua, para que fluyan como un río. Río que desde su nacimiento no sabe a dónde se dirigirá, pero todos sabemos que termina en el mar.

Odio el día de mañana, me repito otra vez, frente al espejo.

Mírame, no sé cuántas veces habré tenido esa frase rodando por mi mente. En realidad, por llevarme la contraria a mí misma, sí lo sé. Dos días al año, dos días en los que la vida decidió marcarme como una página del calendario, como una página que cuelga, a la vista de todos, y está presente continuamente.

No odio al día de mañana por lo que será, sino por lo que es.

Parecerá extraño decir esto en presente cuando es futuro. Hay días pasados y futuros que siempre serán presente, pese a que no lo sean adrede, es su esencia. La raíz del día, que habiendo ocurrido o pendiente de ocurrir, es otra cosa. Ser en presente. Ser, siempre, pese al tiempo que pase.

a través de Días que son mar — SALTO AL REVERSO

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